«¿Qué es la traducción?» Así abre el debate —casi a modo de protocolo— alguna que otra clase a la que he asistido hasta ahora. La reacción es más o menos homogénea: muchos, al principio, quedan un tanto perplejos al intentar plasmar en palabras una práctica tan obvia a priori. Después de varios intentos (algunos mejor formulados que otros), el consenso suele ser, en líneas generales: «trasladar contenido de un idioma a otro».
Desde el otro lado del espejo, los traductores, a medida que avanzan en su formación (dando algún que otro traspié), empiezan a ser conscientes de ciertos matices. «¿Solo contenido?» Llegados a este punto, el debate se desvía hacia otra serie de cuestiones, pero no os voy a aburrir con eso. De una forma u otra, aprendemos a ver cómo la traducción involucra muchos otros aspectos que no se recogen en ninguna de sus acepciones convencionales. Aun así, para el receptor, la fórmula inicial sigue generando el mismo resultado: un producto en la lengua meta, resultado del proceso de traducción.
Quizá el problema surge a raíz del desconocimiento general de cada uno de los componentes del proceso. Muchos profesionales ya lo han repetido hasta la saciedad: no basta con saber idiomas. Con todo y con esto, no resulta extraño toparse con críticas de todo tipo hacia la traducción. Por poner un ejemplo: ¡vaya chapuza, no tiene nada que ver con el original! Sí y no. Es la segunda vez que me encuentro con este tipo de crítica (casi frase hecha, me atrevería a decir) refutada por distintos traductores del mismo modo: ¿qué licencia puede tener el receptor convencional, incapaz de acceder a la fuente original, de criticar positiva o negativamente un producto derivado del primero? También es posible plantearlo al revés: ¿cómo puede cualquier receptor percatarse, con tan solo leer un texto, si se trata de una traducción de antemano o no?
Volviendo a la muletilla anterior: efectivamente, las traducciones son sustitutos de un producto original. La labor del traductor es, al fin y al cabo, llegar a producir estos sustitutos en base a una serie de elementos léxicos que corresponden con la fuente. Ya va siendo hora de dejar atrás el planteamiento de los idiomas como algo hermético para pasar a ser concebidos como los vehículos de la culturización. Las culturas están formadas por traducciones. Si nos empeñásemos en leer solo aquellos textos redactados originalmente en nuestra lengua materna, seríamos partícipes de una realidad un tanto particular. No hablo solo del sector audiovisual, aunque puede ser lo primero que se os venga a la mente. Si adoptáramos esta actitud al pie de la letra, pensad en la posible repercusión en el sector educativo. O en las noticias. O en las instrucciones de los muebles de Ikea. O de todo, en general.
Esta es una de las muchas cuestiones planteadas por David Bellos en su obra de divulgación «Is that a Fish in Your Ear?» Como habréis adivinado, el propósito del autor es acercar a los lectores a toda serie de cuestiones que emanan de la traducción y cómo estas han llegado a repercutir en la humanidad. No se trata de señalar culpables o realzar pedantemente la labor del traductor: simplemente, se trata de plasmar cómo es. Ni más ni menos. Bellos desentrama, a lo largo de una serie de capítulos breves, muchos de los clichés normalmente asociados a la traducción o al uso de los idiomas en general. Lo poco que he podido devorar hasta ahora ha resultado muy ameno y asequible; incluso, me atrevería a decir, para algún que otro curioso ajeno al mundo de la traducción.
Os dejo con la ingeniosa y divertida presentación del libro, narrada por el propio autor. Seguro que, como mínimo, logrará despertar vuestra curiosidad:
Si no podéis ver el vídeo, haced clic aquí.
Un último apunte, antes de que se me olvide: el libro no está disponible aun en español. Suscribo al comentario de Manuel Rodríguez Rivero en El País: editoriales, ¡pónganse las pilas! :)




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